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CON LOS LIBROS, PARA LOS LIBROS, POR LOS LIBROS. si tu intención es escribir, hazlo con sencillez y claridad; la elegancia déjasela al sastre...(anónimo) * * * * * * * * BLOG de Juan Yáñez, dedicado a la literatura

sábado, 19 de abril de 2014

ELOGIO DE LA LECTURA


(Por Alberto Manguel)

Como la experiencia muestra, la debilidad de nuestra memoria olvida fácilmente no sólo los actos ocurridos hace mucho tiempo, sino también los recientes de nuestros días. Es, pues, muy conveniente y útil poner por escrito las hazañas e historias antiguas de los hombres fuertes y virtuosos para que sean claros espejos, ejemplos y doctrina para nuestra vida, según afirma el gran orador Tulio".
Así comienza la novela que, entre los pocos libros perdonados de la biblioteca de Don Quijote, el cura rescata por ser "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos": el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba. "Llevadle a casa y leedle", le dice a su compadre el barbero, "y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho".
El Tirant justifica su propia existencia como un remedio a nuestra flaca memoria, como depósito de nuestra experiencia pasada, como espejo de valores antiguos y de enseñanza meritoria. Eso quiso su autor, pero sus lectores, menos ambiciosos, como aquel cura de La Mancha, no se preocuparon por tales noblezas y lo recomendaron por razones más sutiles y menos graves: por dar contento, proveer pasatiempo, provocar deleite. El censorio cura y el ensañado barbero condenaron a las llamas aquellos libros de Don Quijote que, a sus ojos, pecaban de revueltos, disparatados, arrogantes, duros, secos -es decir, libros que no les gustaban-. Porque en el momento de la verdad, frente a la salvación o a la hoguera, para un verdadero lector lo que importa es el placer.
Pero, ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar a otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?
Como lectores, nuestro poder es aterrador e inapelable. No nos enternecen ni las súplicas de los críticos ni las lágrimas de los lectores que nos han precedido. Implacables, a través de los siglos, juzgamos y volvemos a juzgar a los libros que ya se creían a salvo. Por puras razones de gusto, en el paraíso de la lectura, Cervantes ocupa el lugar que Martorell y Galba han perdido a pesar del juicio del mismo Cervantes. ¿Nuestros abuelos adoraban a Anatole France y a Mazo de la Roche? A nosotros no nos gustan: al infierno con ellos. ¿Melville fue despreciado y Kafka vendía apenas unos pocos ejemplares? Hoy Melville está sentado a la diestra de Dante y una primera edición de La metamorfosis de Kafka vale unos seis mil euros. Si debemos justificarnos, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas, morales. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista.
El lema de todo verdadero lector es De gustibus non est disputandum. "De gustos no se discute", o, como se dice en castellano, "sobre gustos no hay nada escrito". El proverbio latino dice la verdad; la traducción castellana miente. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo, ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?
El placer de la lectura, que es fundamento de toda nuestra historia literaria, se muestra variado y múltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de lectura sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera.
Para ciertos lectores, el placer de la lectura es uno de intimidad. Ese espacio amoroso que un lector crea con su libro no admite otra presencia. El niño que lee bajo la manta a la luz de una linterna cuando se le ha ordenado dormir, el adolescente acurrucado en el sillón para quien el único tiempo que transcurre es el del cuento que está leyendo, el adulto aislado de sus congéneres en un atiborrado vagón de tren o en un bullicioso café, encuentra su placer en un mundo creado sólo para él. Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, "muy respetuosos de la lectura", que "hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente". Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir "así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?", lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, "No, gracias", con lo cual el encanto quedaba roto. El placer de la lectura no admite terceros.
Pero hay lectores para quienes la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de la intimidad. Acabo de leer un párrafo que me encanta y, antes de cerrar el libro o pasar a otra página, quiero leérselo a otros, regalar a un amigo el nuevo placer descubierto, formar un pequeño ruedo de admiradores de ese texto. Dar un libro a otro lector es decirle: "Éste fue mi espejo; ojalá sea el tuyo". Es así como creamos asociaciones de lectores que tienen algo de sociedades secretas, y es gracias a ellas que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas canónicas. He regalado innumerables ejemplares de Su mujer mona de John Collier, de la autobiografía de Henry Green, de Contra la corriente de James Hanley, de Rosaura a las diez de Marco Denevi, para poder hablar de lo que me gusta, para que mi placer tenga un eco. En su diario, Hervé Guibert cuenta que compró las Cartas a un joven poeta de Rilke para leer al mismo tiempo que su amigo el libro que éste se había llevado de viaje.
Intimidad solitaria y compartida. La lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia. ¿Qué otro arte nos permite pensar con Pascal, razonar con Montaigne, meditar con Unamuno, seguir los vericuetos de la mente de Vila-Matas o de Sebald? No se trata de dejarse convencer con argumentos ajenos, lo que se ha llamado "terrorismo intelectual". Se trata de ser invitados a un momento de reflexión, de convertirnos en testigos de la creación de una idea, como ocurre en los diálogos de Platón o en las novelas de Gombrowicz. Se trata de escuchar y pensar. El resultado puede o no ser compartido; poco importa, ya que el recorrido intelectual no prevé ni conclusión ni destino preciso. Cerramos ciertos libros y nos sentimos más inteligentes, resultado que el autor no puede nunca prever. "El arte alcanza una meta que no es la suya", escribió Benjamin Constant. Lo mismo puede decirse de la lectura. El placer de la inteligencia significa al menos dos cosas: disfrutar del uso de la razón y disfrutar del reconocimiento del mundo. Es banal recordar que la lectura nos lleva a regiones insospechadas; menos banal es recordar que nos hace ciudadanos de tales regiones. Para un lector, todo libro es un museo del universo y, a veces, el universo mismo. Los lectores habitamos El Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el Madrid de Galdós, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Ursula K. Le Guin, el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Hay un cuento (ya no sé quién lo escribió) en el que un hombre leyendo las aventuras de otro que se pierde en el desierto muere de hambre y de sed en su cama, rodeado de comida y de bebida. De forma algo más moderada, todo lector conoce el placer de habitar el mundo creado por otros, de ser su explorador y su cartógrafo.
Un auténtico explorador goza de lo que encuentra, sea bueno o sea malo; un lector también. Que un libro nos parezca pésimo no significa que no nos pueda dar placer. Los grandes poetas nos deleitan; otros menos agraciados también son capaces de hacerlo. El inglés Charles Waterton, famoso conocedor de las selvas de Suramérica, se extasiaba ante los animales más feos de la creación, como por ejemplo el sapo de Bahía, repugnante criatura que el Dr. Waterton cogía tiernamente en su mano y acariciaba con cariño, mientras hablaba emocionado de la profunda mirada y espléndido brillo de los ojos del batracio. Igual hacen los lectores con cierta mala literatura. Parafraseando a Wilde, yo diría que hay que tener un corazón de piedra para no morirse de risa ante ciertas páginas de Azorín o de Ángeles Mastretta. O ante este verso del poeta mexicano Díaz Mirón: "Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo". Tales abominaciones tienen la marca de un genio.
Tom Stoppard escribió que para saber si un escritor es bueno o malo, hay que preguntarle a su madre. Más interesante, más entretenido, más placentero es descubrir si es un visionario. Quiero decir, si es capaz de revelarnos en su obra esos pequeños secretos que misteriosamente dan sentido al universo, diciéndonos lo que no sabíamos que sabíamos. Elijo una frase al azar, de la novela de Ana María Moix Las virtudes peligrosas: "La experiencia, en contra de lo que la gente suele opinar, no es ninguna forma de sabiduría... La experiencia, créame, amigo, no es más que una forma de nostalgia".
Tales revelaciones resultan menos insólitas que verdaderas. El lector sabe que, en tales casos, el placer no resulta de la sorpresa, que es obra del azar, sino de la confirmación de algo que ya ha intuido vagamente. La orden de Diaghilev a Cocteau
-Étonnez-moi! "¡Sorpréndame!"- es el deseo de un empresario, no el de un auténtico lector. El lector acepta las sorpresas del texto como un preámbulo amoroso -descubrir que alguien toma café en lugar de té, que duerme del lado izquierdo de la cama, que tararea La violetera en la ducha- pero luego busca un conocimiento más íntimo, más profundo del texto, una familiaridad que se extiende y se renueva con cada relectura. "Cuando diseño un jardín", dice un personaje de Thomas Love Peacock, "distingo lo pintoresco y lo hermoso, y agrego una tercera calidad que llamo lo inesperado". "¿Ah, sí? Entonces, dígame", responde su interlocutor, "¿qué nombre le da usted a esa calidad cuando alguien recorre el jardín por segunda vez?".
Tampoco debemos olvidar el placer de la memoria. Leer es recordar. No solamente esos "actos ocurridos hace mucho tiempo" sino también "los actos recientes de nuestros días". No solamente la experiencia ajena contada por el autor sino también la nuestra, inconfesada. Y no solamente las páginas del texto que vamos leyendo, memorizando las palabras a medida que adquirimos otras nuevas que olvidaremos en la página siguiente, sino también los textos leídos hace tiempo, desde la infancia, componiendo así una antología salvaje que va creciendo en nuestro recuerdo como la obra fragmentaria de un monstruoso autor único cuya voz es la de Andersen, la de San Agustín, la de Quevedo, la de Javier Cercas, la de Cortázar. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. En ese sentido, no conozco mayor ejemplo de la generosidad humana que una biblioteca.
Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje, imagino (y sólo puedo imaginarlo porque tengo palabras), imagino que percibíamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas intuíamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresueño o cuando ciertos reflejos mecánicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento. Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero sólo puedo reconocerme, ser consciente de mí mismo, gracias a una página de Borges, de Jaime Gil de Biedma, de Virginia Woolf, de un sinnúmero de autores anónimos. La lombriz de la conciencia (como la llamó Nicolà Chiaromonte en otra página que me define) denota la incisiva, constante, obsesiva búsqueda de nosotros mismos. La lectura añade a esta obsesión la consolación del placer.

El placer ha sido denigrado en nuestra época al entretenimiento superficial, a la distracción, a la facilidad, a la satisfacción egoísta. Confundimos información con conocimiento, terrorismo con política, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con tolerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes están en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por míseros paraísos, deshumanizarnos. Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes.
La nota es cortesía de Arturo Álvarez D´Ármas

sábado, 15 de marzo de 2014

Bibliotecas de Buenos Aires







Bibliotecas de Buenos Aires: cuáles visitar para estudiar o trabajar
Empieza el año académico y hacemos un repaso de algunas de las mejores bibliotecas públicas para ir a leer e investigar. ¡Acompañanos en este recorrido!


Las bibliotecas son ideales para encontrar esa paz y tranquilidad que necesitamos para concentrarnos - Foto: Facebook Biblioteca de Maestros
Por Candelaria Palacios
Especial para revista Ohlalá! Web
@cande_palacios


Biblioteca Nacional
La Biblioteca Nacional tiene espectaculares vistas del Río de la Plata y el barrio La Isla.  Foto:  Gentileza Biblioteca Nacional
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La Biblioteca Nacional es la más importante del país tanto por su historia como por sus valiosas y enormes colecciones. El edificio actual, diseñado por Clorindo Testa , es un claro exponente de la arquitectura brutalista que surgió en los años 50 y tiene tanto amantes como detractores. Sin embargo, lo cierto es que es muy funcional, ya que los depósitos de los libros se encuentran en los subsuelos, alivianando el peso de la estructura elevada que se ve desde afuera, donde están las salas de lectura, que tienen unas vistas privilegiadas del Río de la Plata, el barrio de La Isla y el Puerto . Esta estructura soportada por cuatro enormes columnas de hormigón permite que se aproveche el resto de la manzana con espacios verdes .
La biblioteca cuenta, entre otras cosas, con el Fondo Bibliográfico del Tesoro (donde se guarda muchísimo material bibliográfico de gran importancia para nuestra historia), una Sala de Mapoteca y Materiales Especiales, varias salas de lectura, incluyendo una para no videntes, una sala especializada en partituras musicales y una muy importante hemeroteca que cuenta con diarios y revistas que van desde el primer periódico publicado en 1801, "El Telégrafo Mercantil", hasta la actualidad.
Dónde: Agüero 2502
Horarios: lunes a viernes de 9 a 21 hs. y sábados y domingos de 12 a 19 hs
Más info:http://www.bn.gov.ar/


Biblioteca de la Mujer Alfonsina Storni



La colección de esta biblioteca está relacionada con temas vinculados con las mujeres y el género.  Foto:  Gentileza Biblioteca de la Mujer.
La Biblioteca de la Mujer Alfonsina Storni fue creada en honor a esta poetisa y escritora argentina, cuya prosa feminista buscaba la igualdad entre el hombre y la mujer. La biblioteca está ubicada en el barrio de Monserrat y su colección de libros está relacionada con la historia, psicología, filosofía y muchos temas más vinculados con las mujeres y el género . Hay novelas, cuentos, poesías y biografías de todo tipo para investigar. Tiene una sala de lectura muy cómoda y luminosa y constantemente se ofrecen talleres y charlas de temas relacionados con las mujeres y la literatura feminista.
Eventos o actividades: hay una taller de narración oral todos los miércoles de 16:30 a 18:30, dirigido por la narradora Susana Blum.
Dónde: Venezuela 1538 1º Piso
Horarios: lunes a viernes de 12 a 19.
Más info:https://www.facebook.com/BibliotecaAlfonsinaStorni


Biblioteca Miguel Cané



Jorge Luis Borges trabajó en la Biblioteca Municipal Miguel Cané de 1937 a 1946.  Foto:  Facebook Biblioteca Miguel Cané.

Esta biblioteca debe en gran parte su fama a que el mismísimo Jorge Luis Borges trabajó allí durante varios años . Borges consiguió el empleo en la biblioteca municipal Miguel Cané en 1937 y estuvo ahí hasta 1946. Allí se dedicaba a catalogar libros y, cuando tenía un tiempo libre, leía y escribía sus primeros cuentos.
Su escritorio de trabajo, donde hacía fichas de libros, escribía y leía, es un rectángulo muy pequeño que ahora se visita para recordar al gran escritor. Incluso varios escritores contemporáneos de gran importancia internacional como Julian Barnes, Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards y Juan Villoro vinieron a visitar este reducto cuasi sagrado para la literatura del siglo XX .
Dónde: Carlos Calvo 4319, Boedo
Horarios: lunes a viernes de 8 a 22.
Más info:https://www.facebook.com/biblioteca.miguelcane
Visita virtual: en el sitio web del Gobierno de la Ciudad se puede acceder a una visita virtual de algunas bibliotecas. Aquí está la de la Biblioteca Miguel Cané:http://www.buenosaires.gob.ar/areas/cultura/dg_libro/visita_virtual_miguel_cane/index.html

Biblioteca Ricardo Güiraldes


La casa es imponente por la elegancia de su construcción estilo Tudor.  Foto:  Gentileza Biblioteca Ricardo Guiraldes

Luego de varias mudanzas, esta biblioteca que fue inaugurada en 1928 en Mataderos, llegó hasta su ubicación actual en la calle Talcahuano. Lleva el nombre Ricardo Güiraldes en honor al famoso escritor, autor de Don Segundo Sombra (además de muchas otras obras), que en su momento fue parte de la Comisión Honoraria de Bibliotecas Municipales.
La casa en la que está situada es imponente por la elegancia de su construcción estilo Tudor . De hecho, se realizan visitas guiadas para escuelas, entre otras actividades, para recorrer la casona.
Otro de los atractivos de esta biblioteca es que tiene dos colecciones muy importantes: laColección Felix Corso , que abarca material educativo para nivel secundario, universitario y libros de ficción, y la Colección Marcos Aguinis , donada en 2001 por este escritor y compuesta por 1.500 libros de su biblioteca particular.
Dónde: Talcahuano 1261, Retiro
Horarios: lunes a viernes, de 9 a 20 hs
Más info:https://www.facebook.com/bibliotecaricardoguiraldes
Visita virtual:http://www.buenosaires.gob.ar/areas/cultura/dg_libro/visitavirtual/index.html

Biblioteca Nacional de Maestros


Esta biblioteca pública está especializada en Ciencias de la Educación y pedagogía.  Foto:  Facebook Biblioteca Nacional de Maestros

Ubicada el Palacio Pizzurno, esta biblioteca pública está especializada en Ciencias de la Educación y pedagogía y depende del Ministerio de Educación. Tiene un sistema muy moderno para difundir su patrimonio bibliográfico a través de catálogos, colecciones especiales, programas de actividades y un sitio web bien actualizado y funcional.
Además de ser una excelente biblioteca por sus servicios y por el material que posee, vale la pena visitarla para poder admirar todo el esplendor del Palacio Pizzurno, que es un Monumento Histórico Nacional .
Dónde: Pizzurno 953.

Horarios: lunes a viernes de 8:30 a 21 hs y sábados de 9 a 14 hs.
Más info:www.bnm.me.gov.ar


Biblioteca del Congreso de la Nación


La Biblioteca del Congreso se creó en 1859, con el propósito de asistir a los legisladores de ambas Cámaras, a los investigadores y al público en general. Se especializa en temas de materia legaly cuenta con uno de los acervos documentales más importantes del país, con más de 3.000.000 de piezas bibliográficas. Además, su hemeroteca tiene más de 7.000 títulos de colecciones de diarios y revistas argentinos y extranjeros.
Desde 2012, la Biblioteca también cuenta con una nueva sede administrativa que actúa a su vez deespacio cultural . Esta segunda sede está ubicada en Adolfo Alsina 1835. El edificio incluye un microcine para 140 espectadores con imagen 3D, entre otros espacios de exposición y salas para talleres y cursos.

Eventos o actividades: ya empezó la temporada 2014 de cine en la Biblioteca del Congreso con dos ciclos, uno cubano y el otro europeo de los 60, que se desarrollarán durante marzo. La entrada es libre y gratuita y todas las funciones se realizan a las 19 horas en la Sala Leonardo Favio, ubicada en el subsuelo del Espacio Cultural de la Biblioteca del Congreso, en Alsina 1835.
Dónde: Hipólito Yrigoyen 1750
Horarios: lunes a viernes de 8 a 24 hs. Sábados y domingos de 10 a 20 hs.
Más info:http://www.bcnbib.gov.ar/




jueves, 26 de diciembre de 2013

Experimento con la India. Giorgio Manganelli





Nota
En 1975 Giorgio Manganelli partió hacia la India como enviado de la revista Il Mondo. Allí permaneció casi un mes solo, y la fascinación de la taciturna India "que macera y corroe, encharca y nutre" lo impresionó profundamente. El lector encontrará aquí --por primera vez recopilado en un volumen, y con el título Experimento con la India, que el mismo Manganelli había indicado-- todos los textos sobre ese viaje.  

Ebe Flamini. (Nota contenida en el suplemento editado por Ebe Flamini, del número 50 de la revista Debats. Diciembre, 1994





                                                                 “Un largo trago de whisky, un trago laico, tengo ganas de la India, no de ambigua, tal vez mediocre literatura... Así se prepara un hombre italiano cuando el avión en el que viaja y que pareciera estar de acuerdo con el universo”–, se acerca, de noche, a las primeras luces de la tierra de Siddharta, Shri Ramakrishna, Vivekananda, el universo infinito, el Absoluto y todo lo demás que trasciende el conocimiento libresco precisamente porque para conocerlo en realidad hay que entrar a ello como se entra a la cabina de un avión: sin saber a ciencia cierta qué, cómo y cuándo pasará.
Un tal que, más que conocer, me ocurre frecuentar con una cierta forzada asiduidad, está por partir hacia la India. Es un viaje que, desde que lo conozco, siempre ha deseado realizar, y no raras veces se tenía la impresión de que su temperamento lúgubre derivase del hecho de nunca haber visto un centímetro cuadrado de suelo indio. Como todos aquellos que han leído Siddharta de Hesse, desconfío de los que desean ir a la India de una manera casi hipnótica, intensa, nostálgica, naufragante. Ignoro si mi amigo ha leído Siddharta, pero supongo que si es así no habrá hecho mucho caso. Lo he encontrado en estos días, y lo he encontrado abatido y lúgubre, como de costumbre. Sólo que su tristeza escondía y develaba al mismo tiempo un fondo de sabiduría ligeramente alarmante. Es increíble, me dice, tomándome por el codo como si fuera un condoliente en una ceremonia conmemorativa, es increíble cuántos errores psicológicos, intelectuales, filosóficos puede cometer una persona que está por irse a la India. Justamente creo que puedo decir que en estos últimos diez días he hecho ya un viaje mental a la India que me ha dejado extenuado. Podría romper el boleto, e igualmente tendría un itinerario que relatar. ¿Sabes, me ha dicho bruscamente, que los griegos decían que Dionisio tenía una morada en aquellas tierras? Debe ser cierto: son diez días que vivo en un éxtasis de sudores fríos, de escalofríos, de insomnio y además de pesadillas. Murmuré una genérica simpatía. No me escuchaba; no estoy seguro de que supiera que estaba junto a mí. Por ejemplo, cuando uno está por ir a la India, comienza a pensar que es un genio. Sólo los genios, ¿no?, tú me entiendes La India. Pero naturalmente no es verdad. La India es una gran seductora, te sugiere: Si vienes a mí, eres un dios, un encantador de serpientes, una serpiente; eres mi eterno amante.’” Mala literatura, susurro. Pésima, dice mi amigo; pero no es fácil renunciar a tanta, y tan generosa mala literatura. ¿Por qué no se renuncia a un gran amor? Porque, literalmente, es algo ínfimo. Y también te dice, en realidad ignoro quién: ven a buscar los lugares de tus reencarnaciones precedentes. Sabes, una vez soñé que vivía en Patna1 . Podría ser. Suspira. Luego se te ocurre que para ti todo ha terminado, apenas llegas a la India comienzas a tener levitaciones, visiones, tropiezas con mandalas, encuentras una sakti, y conoces el gran flujo de la existencia (quizá ha leído Siddharta). Sacude la cabeza. Es toda una faena de flores de loto, como en Este2 , me parece, hacia Rovigo, de ojos abiertos sin pupilas, de curry y de monzones; y de vacas sagradas, ¿no?, añade como si esperase una confirmación inútil. No entiendo si quiere o rechaza a las vacas sagradas. Luego, me dice con súbito y remiso furor, la India es a la vez trágica y apacible, los monjes usan una escobeta cuando caminan para no aplastar insectos. Estoy leyendo la Bhagavadgita, añade con una extraña vulgaridad en la voz que descubro septentrional, quizá milanesa, ¿sabes? Me gusta Krishna. Es un dios. Espero conocerlo. Luego lo observo huir espantado, y yo huyo con él.
El avión, innegablemente, zumba; estaría tentado a decir que ronronea: pero con particulares ronroneos espirituales, meditabundos, abstractos. Es del todo evidente que este avión goza de una excepcional buena consciencia; no sé si el reciente y vertiginoso progreso de la ciencia teológica ha descubierto sacramentos específicos para confortar las almas de cachalote delicado de los aviones, pero no hay duda de que este pingüe aeroplano da la embarazosa impresión de estar de acuerdo con el universo. Es lúcido, ovoidal, mórbidamente geométrico, como esos objetos que a veces se sueñan, y que hacen decir a los emocionados psicoanalistas: ¿En verdad? Este avión mariposa de mil toneladas se comporta como si fuese parte del vestido de noche de un ángel. Tiene incluso ese matiz noblemente vasallo que tenían hace siglos los mayordomos, inflexibles custodios del decoro de una familia. Es embarazoso, he dicho, porque nadie, al menos yo no, goza de una consciencia tan perfectamente reposada. El avión se dirige a la India, y puesto que estoy en este huevo puesto en los cielos por una admirable gallina hiperurania, también yo voy a la India. Para el avión, mojado por una aureola, ir a la India parece una empresa agradablemente obvia. Una de esas tareas simples que reafirman el mundo: como, en las novelas inglesas de principios de siglo, la tarea del lechero que dejaba hacia el alba una botella, o la del voceador que ponía al lado un ejemplar del periódico, saturado de tranquilas batallas, de taciturnos estragos, de catástrofes tranquilizantes. Cosas que dan una continuidad a la existencia. Debo decir que el avión ha hecho cuanto podía para hacerme sentir a gusto: me ha servido una decorosa comida, y la ha consagrado con una copa de Chablis y otra de Nuits-Saint-Georges. Encuentro el pensamiento muy delicado, pero no sólo sosegado. Ahora permanezco solo en el saloncito que el avión precavidamente ha parido dentro de sí para las almas sensibles y pienso en este hecho imposible: estoy en camino hacia la India. Suspiro y paladeo un delicado whisky: propiamente, un traguito, pues de kilómetro en kilómetro mi cantidad de alma crece. Viajo en Siddharta, que es un modo noble y exótico de viajar.Siddharta, como todos saben, es un libro lleno de poesía y de elegante profundidad. Va de acuerdo con mi whisky, es aterciopelado y noble. A medida que saco el alma de mis bolsillos internos, la encuentro transparente y suave. Y sin embargo no estoy tranquilo. El afectuoso asiento no me consuela. Siddharta, me repito, es una pensativa interrupción de la India. ¿Has notado? Me digo. Nunca hay un abrazo cómo se siente que el espíritu en mí desborda como espuma de cerveza sin aludir al gran Ciclo de las Existencias. Es un libro y trato de ponerme cómodo lleno de noble y luminosa clarividencia. En Siddharta se muere al lado de ríos alegóricos, y en general se siente por doquier un perfume de madera de sándalo. Está lleno de Maestros y Discípulos, de Experiencias y de Iluminaciones. Es ascético y carnal. ¿Así será la India? Cuando se lee el libro de Hesse, uno olvida que existen los excrementos. La cosa parece noble, pero, a la larga, ¿será honesta? Muy agitado, me pregunto si será honesto tener un alma. Trato de meter la mía dentro de mis vísceras, pero ella, que sabe que me dirijo a la India, sigue exudando. Bebo, más bien engullo, una película de whisky. Es dulce, es un último saludo occidental, que me es gentilmente ofrecido por un camarero amigo, un ser aparentemente humano que en verdad el gran aparato ha parido para que yo esté a gusto. Recuerdo que también hay mendigos en Siddharta, y monjes: ¿pero no serán roles distribuidos en un libreto lindo y aseado? ¿Voy a un mundo tan tormentosamente sabio? Me pregunto si el continente tiene olor a madera de sándalo. Mentalmente paso las páginas de Siddharta y como si nada lo dejo caer en el vacío, o en mi alma, o en el mundo: escucho un rumor de mandíbulas, algunas se están comiendo el Siddharta, quizá un secreto, iniciático mecanismo del avión que cumple la función de consumir los sueños de los viajeros, de impedir que invadan el volátil habitáculo.
El viaje prosigue por la noche: estoy consumiendo Arabia, desiertos, montañas, mares, estoy gastando el mundo para tener una propina de la India, una moneda, una rupia, un collar del país del que únicamente sé lo que se puede aprender en los libros, que no es mucho, y además poco claro. Naturalmente, no viajo sólo en Siddharta, que es una hermosa carrocería, sino también en el Vedanta. Christopher Isherwood, el exquisito narrador de fábulas berlinesas, que se acurruca, atormentado y confiado, a los pies de Shri Ramakrishna y de Vivekananda. Un escritor malicioso, muy lúcido, terrestre, metropolitano, un impecable narrador de vulgaridades pasionales, de penas mediocres, de aventuras intrínsecamente nocturnas. Y Huxley, un hombre tan agudo, seco, ágil; también él rebuscó en el Vedanta, en busca de una mínima hipótesis de trabajo que permita explicar por qué nunca nos matamos de inmediato, cuando mucho luego de conseguir el diploma de tercero de primaria. Cuántas cosas hay en el Vedanta: está el Absoluto, y Brahman y Atman, hay un universo infinito, y la pérdida del yo: tú eres Esto, donde Esto es lo que no eres tú. El Vedanta es una cosa noble, tan terriblemente noble, y sin risa; me muevo a disgusto en mi asiento, y me digo, me confieso que provengo de un continente donde hace tiempo que de Absoluto no se produce nada, y donde existe una risa seca y tormentosa que quizá ha delineado definitivamente nuestros rostros. ¿Pero estoy viajando hacia una república, o hacia la morada del Vedanta? ¿Qué sé, pienso, fantaseo, sobre la India? Como, creo, muchos europeos ideológicamente perplejos, tengo la impresión de que la India es un lugar de alto tenor a Dios, una selva que produce monos, pavos reales y ascetas; aquí existen aún los Maestros, los Profetas, y cuando se habla de la Verdad no se alude a un caso jurídico, sino a la Verdad total, cósmica; y bien, ¿no será la India un país cósmico? Para nosotros que de cósmico ya nada tenemos excepto un poco de astrología semanal, podría ser un trauma intolerable. ¿No habrá, me digo cobardemente, un poco demasiado de Absoluto en este país que goza del misterio y de los enigmas?
Pongamos que sea un país donde la Verdad se ofrece gratis en las esquinas de las calles, ¿qué haría si un mendigo arrugado y secular me tendiera la mano no para pedir sino para ofrecer, ofrecerme la Verdad definitiva? Diría: Gracias, es justo lo que quería, la tendré en cuenta, no se la daré a los niños para que jueguen, ¿o seguiría mi camino, como si nada, avaramente comprendiendo mal el gesto, encariñado con mi milenaria falsedad? ¿Qué idea me estoy haciendo de la India? Indago mentalmente en mi modesta biblioteca, y encuentro identificaciones, éxtasis, visiones bebo un trago de whisky, trato de normalizarme gracias a una moderada embriaguez. En este momento temo y detesto a la India. Pero el alma sigue manifestándose: y en un libro mental mío, encuentro una alusión a la reencarnación. ¿No es algo excesivo? Ahora la India se me abre de frente como un abismo acogedor, algo en lo que uno se puede precipitar sin herirse, un abismo de carne, un abismo madre, un precipicio de sombra, un embudo infinito que da sobre una Nada activa, algo que es, y que es la nada. El perfume de sándalo de Siddharta regresa a mis narices como una agraciada especie, canela de la muerte, clavo, para dar sabor a un fatal trago. A medida que me aproximo, la India prolifera en mi cerebro de medroso occidental, la veo crecer, enorme masa de carne, con sus acantilados y su perfume de sándalo, sus almas inconsumibles, su vida y su muerte omnipresente, el lugar de las transformaciones, la casa madre del Absoluto, la fábrica de los ascetas, la cadena de montaje de las reencarnaciones, el gran almacén de los símbolos, un país exterminado en el que de rama a rama metafórica bailan simios alegóricos, y mendigos voluntarios, conscientes de treinta encarnaciones, te asedian para salvarte el alma; el depósito de los sueños, el único lugar donde aún existen los dioses, pero como delegados de un Dios sumido en sí mismo, y contemporáneamente encarnado en todas partes, un lugar de templos y de leprosos desde el cual la sonrisa de Buddha o de Shiva no han sido nunca eliminadas, mórbidas e incomprensibles, estáticas y mortales.
Un largo trago de whisky, un trago laico, tengo ganas de la India, no de ambigua, tal vez mediocre literatura; no voy a reencarnarme, ni a conocer los lugares donde he vivido hace tres siglos esto le sucedió a algún teósofo sino que voy en guardia, oh, cómo estaré en guardia; si veo la esquina contra la que me apoyaba corroída por la lepra secular, miraré el reloj, echaré a andar, y será claro para todos, también para el Absoluto, que ciertas tareas las reputo demasiado privadas para discutirlas en presencia de la servidumbre y de los niños. Y en cuanto al Absoluto, grito en un último ímpetu, le recuerdo que el último libro que he leído antes de emprender el viaje ha sido Del amor de Stendhal: milanés, como, con rara cobardía, en este momento recuerdo que soy. Todos los europeos morimos, mi querido Absoluto. Por ello nuestra carcajada es inconfundible. Me agazapo en el asiento, el avión está descendiendo, lentamente, con gracia: me zumban los oídos, aprieto los puños, y en la aún cerrada noche atisbo las primeras luces de la India

(Fragmento de la obra. Traducción de José Abdón Flores)


 (Jornada Semanal,  2 de septiembre del 2001) 
 

domingo, 17 de noviembre de 2013

La señora Cata y el escribidor Vargas Llosa


Cata Podestá, la teórica autora del libro 'Pieles negras y blancas', en realidad escrito por Vargas Llosa.

Mario Vargas Llosa se convirtió en 1959 en ‘autor de alquiler’

Aceptó el encargo de una dama de la alta sociedad peruana de redactar para ella un libro de viajes

          


                                    ¿Mario Vargas Llosa, escritor fantasma? ¿Era verdad que había escrito una novela antes de La ciudad y los perros(1963), la cual había sido publicada con seudónimo? Ya no recordamos cómo nos llegó el rumor, pero ¿se trataba de un dato fidedigno? El título no figuraba en ninguna bibliografía. Dada nuestra curiosidad, no pudimos contenernos y decidimos preguntárselo al presunto autor. Vargas Llosa se limitó a sonreír y adujo que el esfuerzo que le suponía escribir una novela bien merecía que la firmara con su nombre, lo que restaba credibilidad a nuestra suposición.
Sin embargo, con el tiempo, el misterio resurgió. Era poco probable que una información de ese calibre pasara desapercibida para los numerosos críticos y biógrafos. Finalmente, la pista nos la dio una estudiosa francesa, Marie-Madeleine Gladieu, experta en la obra de Vargas Llosa, cuyo ojo zahorí detectó la punta del hilo de la madeja en las memorias de Julia Urquidi Illanes, es decir, la tía Julia, la primera esposa del novelista. Allí, en Lo que Varguitas no dijo (1983), se hace una breve alusión al episodio (aunque la autora confunde Oriente con África).
Como se sabe, en 1959 la pareja se había trasladado de Madrid a París, donde vivía con estrecheces económicas en una buhardilla del modesto Hotel Wetter, en el número 9 de la rue de Sommerard. Vargas Llosa tenía 23 años. “Más o menos por esos días”, recuerda la tía Julia, “llegó al hotel una dama peruana. Acababa de hacer un viaje por el Oriente, y quería escribir un libro sobre sus experiencias. Habló con Varguitas. Quedaron en que ella le iría contando sus viajes y él escribiría el libro por una suma de dinero que consideramos suficiente, para los gastos extras de la semana. Le pagaría los días viernes, de acuerdo a las páginas escritas. Todas las mañanas iba mi marido a la habitación de la viajera, para hacer el trabajo. Frecuentemente entraba yo a la pieza a escuchar sus relatos, estos eran bastante infantiles. Mario se divirtió con este trabajito. Ella era una señora muy puritana, él escribía capítulos donde había príncipes árabes, que se introducían en su habitación por los balcones, con malvadas intenciones violatorias, lo que espantaba a esta ingenua dama”.
Cuando aceptó, Vargas Llosa estaba escribiendo ‘La ciudad y los perros’
Desde luego, la primera condición laboral para un escritor fantasma es mantener el anonimato. De ahí que Vargas Llosa no pudiera admitir su colaboración. En ese sentido, debemos reconocer que fue discreto, y, por otra parte, es comprensible su renuencia a hablar sobre el asunto, ya que sin duda aceptó el encargo por fuerza de las circunstancias. Tratándose de un joven novelista lleno de bríos, cuyos esfuerzos estaban concentrados en la creación de La ciudad y los perros, no debía de ser muy atractiva la idea de alquilar su pluma y de tener que explotar su creatividad en temas ajenos. En su testimonio, la tía Julia destaca las precauciones de la dama: “Como no quería que nadie viera a Mario escribiendo, la puerta estaba siempre cerrada. Incluso mi presencia no era de su agrado, pero no tenía más remedio que soportarme; era la esposa de su escribidor. (…) Debe haber sido el libro más difícil para Varguitas. (…) Tener que darle forma, sentido a eso, fabricar un libro, no debe haber sido fácil”.
La dama en cuestión era Cata Podestá y el volumen se titulaba Pieles negras y blancas. Fue impreso a cuenta de la autora en los talleres de P. L. Villanueva en Lima, en octubre de 1960, y consta de 313 páginas. Aunque la doctora Gladieu lo aborda como si fuera una novela, se trata, en rigor, de un libro de viajes (incluso trae un mapa de África en el que se señalan las ciudades visitadas). En todo caso, posee una forma novelesca, con escenas dialogadas, lo que denota la familiaridad con el género que tenía Mario Vargas Llosa y sus deseos de fabular.
El procedimiento de este trabajo a destajo fue el siguiente: la señora Podestá paseaba por la habitación del hotel Wetter evocando su periplo por tierras africanas y el narrador recreaba las aventuras en su máquina de escribir, tomándose ciertas libertades para aderezar la trama. Cabe recordar que Vargas Llosa era muy precoz: por entonces estaba escribiendo su primera obra maestra, La ciudad y los perros, que obtendría el Premio Biblioteca Breve en 1962, apenas dos años después.
Las impresiones de Julia Urquidi Illanes sugieren que Cata Podestá era una señora de la alta burguesía peruana con veleidades literarias. Ciertamente, antes de su encuentro con Vargas Llosa ya había publicado un libro, Sedas y harapos, que apareció con el sello de la Librería Internacional del Perú, en 1958, con un prólogo de Luis Alayza y Paz Soldán. Es el relato de un viaje que la autora realizó por Asia. Curiosamente, el volumen fue reseñado en el diario español ABC, el 13 de agosto de 1959. El comentarista destaca que esta crónica nos lleva a la India, Líbano, Hong-Kong, China, Birmania, Japón y otros países asiáticos: “Nos encontramos con un delicioso retablo de descripciones llenas de finísimos matices, de observaciones agudas y hallamos ciertamente los detalles tradicionales de aquellas tierras, sus rasgos peculiares, con los de sus gentes. (…) Es una obra que se lee con verdadero deleite”.
 La breve y fulgurante carrera literaria de Cata Podestá alcanzaría su cima con un relato titulado La voz del caracol, que obtuvo el primer premio en el Festival Cristal del Cuento Peruano, en 1961. La voz del caracol tuvo buena acogida (fue publicado por la revista Visión Nº 32 en octubre de 1961) y ha sido recogido en algunas antologías (bajo el nombre de Catalina Podestá), las cuales resaltan su cuidadosa composición, su atmósfera tierna y nostálgica, así como la hondura de sus personajes.
Mario Vargas Llosa y su esposa, Julia Urquidi, en París en 1961.
Podestá visitaba al hoy Nobel en su buhardilla de París y le dictaba vivencias. Cata Podestá murió centenaria hace cuatro años. Había nacido el 11 de junio de 1909 y su nombre completo era Caterina María Podestá Assereto. De firmes ancestros italianos, se casó muy joven, a los 18 años, con Juan Enrique Capurro Rovegno, miembro de una familia de terratenientes. Su matrimonio duró muy poco. Audaz y voluntariosa, prefirió separarse antes que guardar las apariencias, como hacían otras mujeres de su generación. Luego de nacer su único hijo, Juan Miguel, en 1929, se fue con él a vivir a Chile. Al cabo de unos años regresó al Perú y, cuando su vástago creció y se fue a estudiar a Estados Unidos, ella se dedicó a viajar por el mundo y a disfrutar de sus rentas. Cata Podestá falleció en Lima el 12 de octubre de 2009.
Fue una mujer independiente y segura de sí misma que, en plena juventud, resolvió no someterse más a la férula de ningún hombre. De acuerdo con sus descendientes, era una persona muy querida, vital y emprendedora. Se resistía a las convenciones y no temía viajar sola, aun cuando ello supusiera afrontar ciertos peligros. Su gran atractivo físico llamaba inmediatamente la atención y, a sus 70 años, no se inhibía de llevar jeans y zapatos rojos de taco alto. Esta visión coincide con la de Alfredo Bryce Echenique, quien refiere en el segundo tomo de sus Antimemorias que ella frecuentaba mucho la casa de su familia, pues era muy amiga de Elena, su madre:.
“Entonces apareció por casa la inolvidable señora Catalina Podestá, con su tardía vocación de escritora. La señora Cata, como la llamaban, era una mujer muy guapa, de larga cabellera roja, piel canela, temblorosa voz e impresionante silueta. Como usaba a menudo pantalones y era divorciada —y aunque tratándola siempre con especial deferencia—, mi padre la había condenado a una suerte de purgatorio social que consistía en invitarla mucho, porque mi madre la adoraba, pero a unas horas en que jamás se invitaba a nadie. Y aunque doña Cata compartía con mi madre la devoción por Marcel Proust, más pudieron la gran cabellera roja, la piel canela, los pantalones ceñidos y su divorcio, en el apodo que le puso mi padre: La Domadora”.
Mario Vargas Llosa, fotografiado en París en 1960.
Mientras tanto, las inclinaciones narrativas de la señora Cata se hacían más fuertes y un día le preguntó a Alfredo Bryce—quien todavía era inédito— si podía recomendarle a uno de sus profesores para que le enseñara a escribir cuentos. Naturalmente, sus servicios serían bien remunerados. Como él estudiaba Derecho y Literatura en la universidad de San Marcos, le trasladó la propuesta al catedrático Carlos Eduardo Zavaleta, escritor en alza de la generación del 50, quien le dijo que no estaba dispuesto a perder su tiempo con aficionadas, aunque fueran muy adineradas. Después vino la convocatoria del Festival Cristal del Cuento Peruano, cuyo jurado era presidido por Ciro Alegría, el escritor peruano más reconocido de la época.
El fallo dio el premio máximo a la desconocida Catalina Podestá y el talentoso C. E. Zavaleta fue relegado al puesto de finalista. ¿Qué había ocurrido? Según Bryce Echenique, lo que nadie sabía era que hacía ya unos meses que don Ciro había asumido las funciones de profesor particular de doña Cata. ¿Otro escritor fantasma? En honor a la verdad, habrá que decir que La voz del caracol es un buen cuento y que no guarda similitudes con la obra de Alegría. No obstante, también es cierto que la pericia del enfoque narrativo corresponde más a un autor consumado que a uno inexperto, sin mayor oficio. Y, para complicar las cosas, después de haber obtenido el disputado galardón, inexplicablemente, la triunfadora optó por el silencio creativo.
En cuanto a Vargas Llosa, su experiencia como escritor fantasma no pasaría de la anécdota si él mismo no le hubiera atribuido una mayor importancia. Tanto así que en 1983 estrenó una obra de teatro, Kathie y el hipopótamo,basada en su relación con la señora Podestá. Es una pieza compleja y ambiciosa, donde resucita al periodista Zavalita, su célebre personaje deConversación en La Catedral, y lo confronta con Kathie Kennety, la esposa de un banquero, que lo contrata para escribir un libro de viajes. Vargas Llosa nos ha comentado al respecto: “Quería transmitir cómo esos dos seres entre los que al principio hay una relación de patrón y asalariado poco a poco van estableciendo una relación humana al descubrir que, pese a sus grandes diferencias intelectuales, económicas y sociales, apelan a lo mismo para llenar un vacío tremendo que se ha instalado a lo largo de su vida”.

Portada de un ejemplar del libro 'Pieles negras y blancas'.
En esta obra, Vargas Llosa incide en el problema de la ficción y la realidad, uno de los temas esenciales de su producción. Santiago Zavala es el polígrafo que convierte en literatura lo que Kathie le cuenta sobre sus viajes y se vale de esas experiencias para fabular, para vivir de una manera vicaria todo aquello que le ha sido negado en el ámbito real. Sus frustraciones encuentran en el trabajo de escribidor un mecanismo imaginario compensatorio que le permite cumplir sus sueños. Tanto Kathie como su amanuense literario se sirven de la ficción para cristalizar sus ilusiones y cimentar una existencia más rica y plena.
No hay duda de que Pieles negras y blancas tiene un ritmo ágil y fluido, y que la inventiva de Vargas Llosa aprovecha el exotismo y la truculencia de las situaciones, tentación que luego explotará en La tía Julia y el escribidor(1977). Más que una rareza literaria, este primer libro de largo aliento de Vargas Llosa invita a efectuar un análisis intertextual. El autor peruano debió de tener muy presente aquel trabajo mercenario cuando escribió Kathie y el hipopótamo. Esto queda perfectamente corroborado por la reelaboración de algunos pasajes de Pieles negras y blancas. Así, por ejemplo, en la pieza teatral, Santiago Zavala dice: “Deambulo entre sepulcros piramidales y colosos faraónicos, bajo el firmamento nocturno, sinfín de estrellas que flotan sobre El Cairo en un mar azulino de tonalidades opalescentes”. Compárese este fragmento con el párrafo inicial del volumen firmado por Cata Podestá, donde se puede leer el siguiente pasaje: “Deambulo por los flancos de las tumbas piramidales. Los filos se yerguen cual cuchilladas: hablan de crueldad. Una luz diáfana azulina destaca en tonalidades opalescentes el firmamento nocturno, la tierra amarilla, los colosos faraónicos y la soledad. No hay ser viviente que la acompañe. Ni humano, ni animal, ni vegetal”.
Pieles negras y blancas es un libro ameno y bien intencionado, pero no se libra de los estereotipos. Adolece de una visión ingenua de África, del colonialismo y la miseria, aunque, claro, no podemos atribuir esta debilidad al escribidor, quien aún no había pisado ese continente. Evidentemente, al relatar las vicisitudes de la viajera en el Congo, no sospechaba que medio siglo después él también sentiría la necesidad de visitarlo e indagar en su problemática, tal como haría con motivo de su novela El sueño del celta.
Cuando, finalmente, hace unos años nos procuramos un ejemplar del libroPieles negras y blancas, decidimos, en un abuso de confianza, mostrárselo a Vargas Llosa. Sin disimular su asombro, el escritor abrió el libro de páginas amarillentas y se entretuvo leyendo unos párrafos. Luego frunció el ceño y nos dijo: “¿Cómo he podido escribir esto?”, y continuó hojeándolo hasta que soltó una gran carcajada, desarmado por la prosa rimbombante y artificiosa que inunda esa primera aventura narrativa de largo aliento.
Poco después de esta conversación, Vargas Llosa se permitió aludir, por primera vez, a su única faena de negro literario. Al evocar su vieja relación con el teatro en El viaje de Odiseo, ensayo incluido como colofón de Odiseo y Penélope (Galaxia Gutenberg, 2007), reveló que su pieza Kathie y el hipopótamo “recreaba algo que me ocurrió en mis primeros tiempos de París, donde, por razones alimenticias, hice de ghost writer de una dama que quería escribir un libro de viajes”. Sin embargo, se abstuvo de dar más información. Como buen escritor fantasma, respetó el pacto secreto y no consintió en descubrir la identidad de su contratante.
De cualquier modo, pese a sus reservas, su esmero por poner las cosas en orden y su afán de precisión se conjugaron para que, involuntariamente, confesara su autoría. ¿Cómo sucedió? Años atrás, cuando la Universidad de Princeton adquirió sus manuscritos, el futuro Premio Nobel incluyó en el lote un ejemplar de Pieles negras y blancas. Desde luego, no podía prever (en aquellos tiempos Internet no pasaba de ser una simple novedad) que llegaría el día en que aquel centro de estudios colocara el inventario de la colección en la red. Pues bien, al registrar el libro de marras, los bibliotecarios observaron que Mario Vargas Llosa había adjuntado una nota a la cubierta, en la que afirmaba que este relato constituía el punto de partida de Kathie y el hipopótamo y explicaba su intervención: “Lo escribí casi enteramente yo mismo, en París, hacia fines de 1959 o principios de 1960…, trabajando un poco como Santiago para Kathie en la obra. Mientras la señora Podestá me contaba la historia de su viaje a África, yo la transcribía a máquina; más tarde, durante el día, corregía el texto mecanografiado…”.
¿Volvió a ver Vargas Llosa a la señora Podestá? Al parecer, sí, al menos una vez, cuando el novelista ya descollaba como una de las figuras del boom. Ambos coincidieron en Lima, en una reunión social, donde la autora, ansiosa por consolidar su reputación literaria, no quiso desaprovechar la oportunidad y se atrevió a pedirle que escribiera algo sobre ella en la prensa. Vargas Llosa, muy educado, sonrió e intentó una vaga disculpa. Pero la señora Podestá, que no estaba acostumbrada a que le dijeran que no, debió de recordar el viejo lazo laboral que los había unido, porque le aferró la mano y le aseguró: “Yo te pago, Marito. Yo te pago…”. No cuesta mucho imaginar la sorpresa y la carcajada ahogada de su interlocutor. Vargas Llosa ya no era el joven de París, aquel letraherido tenaz que había hecho de todo, incluso vender su pluma, para poder mantener vivos sus sueños.

Guillemo Niño de Guzmán (Lima, 1955) es escritor y periodista cultural peruano. Autor de varios libros de relatos como Caballos de medianoche (1984),Una mujer no hace un verano (1995) o Algo que nunca serás (2007), es también traductor y guionista

martes, 5 de noviembre de 2013

Cabrera Infante, un desgarro literario


Llega a las librerías ´Mapa dibujado por un espía`, sobre su despedida de Cuba


 Madrid 4 NOV 2013 - 09:54 CET EL PAÍS España
  • Dar a la imprenta este libro secreto fue una decisión dolorosa. “Pero tenía que salir”, confirma Miriam Gómez. “La materia de la escritura de Guillermo era él mismo. Y este libro es él mismo, en su dimensión humana más descarnada”. Lo que cuenta en Mapa dibujado por un espía le cambió la vida. Ocurrió en 1965, cuando ya había ganado el premio Biblioteca Breve por Tres tristes tigres y era agregado cultural del embajador cubano en Bruselas; fue entonces cuando recibió la noticia de la muerte de su madre, Zoila Infante, y viajó a La Habana para velarla. Lo que ocurrió a partir de entonces fue un conjunto de vejaciones que él relata con la naturalidad asustada de un perseguido. No deja un detalle fuera; es tan minucioso, y tan triste, como el relato de un condenado en un campo de concentración. No oculta la vida doméstica y sus miserias, ni los amores y sus intrigas, y es en todo momento descarnado hasta hacerse sangre, y hasta hacer sangre.
    En seguida supo Cabrera Infante que en aquella atmósfera no podía quedarse y decidió que debería regresar a Europa por cualquier medio. Hasta que lo logró. La sensación que tienen Miriam Gómez y Munné es que él escribió ese relato minucioso y terrible al poco de salir de la isla; probablemente era lo que escribía cuando se desnudaba ante la Smith Corona en aquellos amargos, y gélidos, días de Londres después de que lo sometieran los médicos a los electroshocks con los que quisieron aliviarle su crisis nerviosa.
    Miriam Gómez conserva en la mesa de su comedor, en el loft en el que convirtieron los dos su casa de siempre en Londres, un mapa de La Habana. Siguiéndolo paso a paso él recuperó su memoria de la ciudad. Y este Mapa dibujado por un espía es también, como dice Antoni Munné, “la cartografía de una despedida”. Nunca volvió a La Habana, pero se la sabía de memoria. Aquí, en este mapa, esa memoria está intensamente herida.
    “La Habana era para él un recuerdo”, dice Miriam Gómez, “pero allí se le convirtió en un infierno”. Reconstruyó, enLa Habana para un infante difunto, por ejemplo, todo lo que ya se había derruido. Y no tenía nostalgia. Uno no tiene nostalgia del infierno”.
    Ese manuscrito permanecía entre los papeles secretos que dejó Cabrera Infante cuando murió, en febrero de 2005. “No los toques”, le había dicho a Miriam. Nunca lo abrió. Ella sabía muchas de las historias que contenía el sobre, incluso las más duras para ella, pues ahí su marido contó avatares sentimentales muy íntimos, que a ella la podían dañar. Y dejó a Munné que decidiera sobre lo que había en ese sobre cerrado. Dice el editor: “Lo leí en un par de noche en Londres. Fue una sensación tremenda. Es un testimonio enormemente humano y melancólico de alguien que sufre una enorme decepción. Una decepción que no le viene de nuevo, porque él ya albergaba muchísimas dudas acerca del curso de la Revolución, pero que se le confirma y se le aumenta. Y cuando digo que es enormemente humano me refiero a la peripecia vital: un hombre joven de 36 años que asiste a una pesadilla kafkiana que le hace comprender que va a perder amigos, familiares, país, y que ve cómo se derrumba todo aquello que había vivido; todo eso son síntomas de que eso no tiene vuelta atrás”.
    El resultado, para este primer lector, fue “de una profunda tristeza, y esa misma tristeza se ha reproducido en todas las lecturas posteriores”. “Te va a doler”, le dijo a Miriam Gómez. Pero ella aceptó. “Yo le tenía pánico al libro, conocía el romance que cuenta. Pero me daba miedo leerlo. Lo leí, cuando Munné lo había acabado. Fue un golpe terrible para mí. No podía creer lo que estaba leyendo”. ¿Y qué pasó? “Se agrandó mi admiración por él. Él es la materia de su escritura, y aquí está grande, inmenso. Un padre bueno. Un hombre entero, sufriendo, sabiendo que si no se alejaba de aquella monstruosidad, la Cuba de Castro, iba hacia la destrucción. Cuando él vio la realidad se dio cuenta de que no podía ser cómplice de lo que estaba pasando ahí”. La historia de mujeres que hay en el libro es dura, pero no inesperada. “Guillermo era un loco por las mujeres, creía que eran superiores, para él su madre misma era un ser superior. Cada vez que tenía un problema, él se agarraba a las mujeres…”.
    “Mapa dibujado por un espía parece escrito de un tirón”, dice Munné, como “un exorcismo necesario, para no olvidar nada”. Pero logra mantener el interés en todas las páginas, como un cronista notarial que no quiere que se le escape ni el menor atisbo de las metáforas, duras o simples, que hay en la vida cotidiana. Es el libro más desgarrador de Cabrera Infante. Su descubrimiento, dice el editor, contribuye a conocerlo mejor. “Constituye un testimonio de uno de los más grandes escritores en lengua española. A la altura de lo que fue el viaje a la URSS de Gide o de la obra de grandes disidentes como Orwell y Koestler”.
    Munné revindica su publicación “como algo que el lector tenía derecho a conocer”. Su viuda, Miriam Gómez, piensa lo mismo. “Su escritura era él, él era la materia de sus libros. Cuando lo veía desnudarse ante la máquina de escribir me decía a mi misma: ‘Qué estará escribiendo este hombre’. Se estaba desnudando por fuera y por dentro. Por eso es tan desgarrador leer ahora este tremendo testimonio doloroso”.