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CON LOS LIBROS, PARA LOS LIBROS, POR LOS LIBROS. si tu intención es escribir, hazlo con sencillez y claridad; la elegancia déjasela al sastre...(anónimo) * * * * * * * * BLOG de Juan Yáñez, dedicado a la literatura

sábado, 19 de octubre de 2013

Thanatopía, de Ruben Darío

Rubén Darío

-Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios sobre elhipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria. (James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó):

-Os habéis reído de mí y de lo que llamáis mis preocupaciones y ridiculeces. Os perdono porque, francamente, no sospecháis ninguna de las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro maravilloso William. No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas torturas, a causa de vuestras risas... Sí, os repito: no puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito, en ninguna ciudad, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca.

Tengo horror de.. ¡oh Dios! de la muerte. Jamás me harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de las que existen en cualquier idioma: cadáver. Os habéis reído, os reís de mí: sea. Pero permitidme que os diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la República Argentina, prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado miserablemente por el doctor Leen, mi padre, el cual, si era un gran sabio, sospecho que era un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya, pues, temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto. Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más tiempo.

Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro, porque... Poned atención.

(Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto James Leen, en la mesa de la cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios, y, como hombre de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores elementos jóvenes de los famosos cinderellas dance. Así prosiguió esa noche su extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.)

-Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento de educación en donde yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos. Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No os diré más sobre esto. Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración.

Cuando he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza. Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en mi espíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi imaginación en noches de luna. ¡Oh cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz lunar, los álamos, los cipreses -¿por qué había cipreses en el colegio?- y a lo largo del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector -¿para qué criaba lechuzas el rector?- Y oigo, en lo más silencioso de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una media noche, os lo juro, una voz: James. ¡Oh voz!

Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él: alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él. Llegó más amable que otras veces, y aunque no me miraba frente a frente, su voz sonaba grave, con cierta amabilidad. Yo le manifesté que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza. Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo:

-He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos. Además, quería decirte, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesita un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo vendrás, pues, conmigo. ¡Una madrastra! Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía. ¡Una madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva esposa del doctor Leen, quizá una espantable bluestocking, o una cruel sabihonda, o una bruja. Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que digo, o quizá lo sé demasiado.

No contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.

Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes. Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas flojas y negras, se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardías, mudos. Penetramos al gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes estaban substituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.

Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que entonces yo no comprendía:

-La verás luego. Que la has de ver es seguro, James. Adiós.- Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevasteis con vosotros? Y tú, madre, madrecita mía? my sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a ceniza por la llama de un relámpago.

Fue esa misma noche, sí. Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación. Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos, apareció mi padre. Por primera vez, ¡por primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, os lo aseguro; unos ojos como no habéis visto jamás, ni veréis jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de conejo; unos ojos que os harían temblar por la manera especial con que miraban.

-Vamos hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.

Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer.

Ella...

Y mi padre:

-¡Acércate, mi pequeño James, acércate!

Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano. Oí entonces, como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste: ¡James!

Tendí la mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría. Y la mujer no me miraba. Balbuceé un saludo, un cumplimiento. Y mi padre:

-Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James. Mírale, aquí le tienes; ya es tu hijo también.- Y me miró. Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor... ese olor, ¡madre mía! ¡Dios mío! Ese olor -no os lo quiero decir- porque ya lo sabéis, y os protesto: lo discuto aún ; me eriza los cabellos.

Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida, una voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo:

-James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca...

No pude más. Grité:

— ¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de aquí!

Oí la voz de mi padre:

-¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.
-No -grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre . Yo saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta!

sábado, 13 de julio de 2013

FELISBERTO HERNÁNDEZ, un escritor muy particular que fuera también pianista...


Juan Yáñez

""...(dijo) En tono de arrabal:
--Usted es el pianista que va para X?
--Sí señor.
--Je, lo saque por la "pinta".
Me desconcertó. Y cuando yo le iba a preguntar quién era:
--Yo soy el "bandolión".
--¡Ah! Bueno...¿usted conoce al "violín"
--No.""
...--¿Tenés parientes...o vas a dar un concierto?
--Ya te explicaré. (Nos sentamos en un lugar a propósito) ¿Así que te vas a tocar en una orquesta a X?
¿Por cuánto tiempo?
--Tres meses.
--¿A un cine?
--No a un café.
--Mejor se toca menos. ¿Te pagan bien?
--Noventa pesos.
--Bueno.
(Fragmento de pre-original de "Tierras de la Memoria"  Felisberto Hernández)

Felisberto Hernández (1902 -1964) fue un escritor uruguayo que contaba entre otras dotes, ser compositor y pianista que se dedicara a la literatura de una manera muy particular,  apartado de cualquier corriente literaria y con una imaginación prodigiosa A propósito de ello, Italo Calvino, quien  prologara una versión italiana de sus obras, lo definiera como "un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un francotirador que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas".. Sin embargo los relatos de madurez de Felisberto  de una informalidad más depurada pueden considerarse ubicados dentro del la categoría del clásico cuento fantástico latinoamericano que contara con diversos autores.
“Las aventuras de un pianista sin dinero, en donde el sentido de lo cómico transfigura la aventura de una vida tejida de derrotas, son los puntos de partida de los relatos del uruguayo Felisberto Hernández. Basta que comience a narrar las miserias que se ha desarrollado entre las orquestas de Montevideo y las giras de concierto por los villorrios de provincia del Río de la Plata, (Provincia de Buenos Aires, Argentina) para que se amontonen sobre sus páginas los gags, las alucinaciones, las metáforas, en donde los objetos toman vida como las personas. Pero éste es solamente el punto de partida. Lo que desencadena la imaginación de Felisberto son las invitaciones inesperadas que abren al tímido pianista las puertas de mansiones misteriosas, de quintas solitarias en donde habitan personajes ricos y excéntricos, mujeres llenas secretos y neurosis…” (Italo Calvino, “Las zarabandas mentales de Felisberto Hernández”)

Julio Cortazar  “Carta en mano propia”

(Prólogo a Novelas y cuentos; 
Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1985)

   "Felisberto, tú sabés" (no escribiré “tú sabías”; a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes), tú sabés que los prólogos a las ediciones de obras completas o antológicas visten casi siempre el traje negro y la corbata de las disertaciones magistrales, y eso nos gusta poquísimo a los que preferimos leer cuentos o contar historias o caminar por la ciudad entre dos tragos de vino. Descuento que esta edición de tus obras contará con los aportes críticos necesarios; por mi parte prefiero decirles a quienes entren por estas páginas lo que Antón Webern le decía a un discípulo: “Cuando tenga que dar una conferencia, no diga nada teórico sino más bien que ama la música”. Aquí para empezar no habrá ni sospecha de conferencia, pero a vos te divertirá el buen consejo de Webern por la doble razón de la palabra y la música, y sobre todo te gustará que sea un músico el que nos abra la puerta para ir a jugar un rato a nuestra manera rioplatense.
   Esto de abrir la puerta no es un mero recuerdo infantil. En estos días en que andaba dándole la vuelta a la máquina de escribir como un perrito necesitado de árbol, encontré cosas tuyas y sobre vos que no conocía en los remotos tiempos en que por primera vez leí tus libros y escribí páginas que tanto te buscaban en el terreno de la admiración y del afecto. Y te imaginarás mi sorpresa (mezclada con algo que se parece al miedo y a la nostalgia frente a lo que nos separa) cuando llegué a un epistolario recogido por Norah Gilardi (Giraldi), en el que aparecen las cartas que le escribiste a tu amigo Lorenzo Destoc mientras hacías una gira musical por la provincia de Buenos Aires. Como si nada, sin el menor respeto hacia un amigo como yo, fechás una carta en la ciudad de Chivilcoy, el 26 de diciembre de 1939. Así, tranquilamente, como hubieras podido fecharla en cualquier otro lado, sin demostrar la menor preocupación por el hecho de que en ese año yo vivía en Chivilcoy, sin inquietarte por la sacudida que me darías treinta y ocho años más tarde en un departamento de la calle Saint-Honoré donde estoy escribiéndote al filo de la medianoche.

   No es broma, Felisberto. Yo vivía entonces en Chivilcoy, era un joven profesor en la escuela normal, vegeté allí desde el 39 hasta el 44 y podríamos habernos encontrado y conocido. De haber estado a fines de ese diciembre no hubiera faltado al concierto del Terceto Felisberto Hernández, como no faltaba a ningún concierto en esa aplastada ciudad pampeana por la simple razón de que casi nunca había concierto, casi nunca pasaba nada, casi nunca se podía sentir que la vida era algo más que enseñar instrucción cívica a los adolescentes o escribir interminablemente en un cuarto de la Pensión Varzilio. Pero habían empezado las vacaciones de verano y yo aprovechaba para volver a Buenos Aires donde me esperaban mis amigos, los cafés del centro, amores desdichados y el último número de Sur: Vos tocaste con tu Terceto en eso que llamás a secas “el club” y que conocí muy bien, el Club Social de Chivilcoy detrás de cuyo amable nombre se escondían las salas donde el cacique político, sus amigos, los estancieros y los nuevos ricos se trenzaban en el póker y el billar. Cuando en tu carta le decís a Destoc que la discusión para que te aceptaran y te pagaran el concierto se libró junto a una mesa de billar, no me enseñás nada nuevo porque en ese club todas las cosas se libraban así. Muy de cuando en cuando, a regañadientes pero obligados a cuidar la fachada de las “actividades culturales”, los dirigentes accedían a un concierto o a una velada presuntamente artística, que pagaban mal y sin ganas y que escuchaban apoyándose entredormidos en el hombro de sus nobles esposas. 

   Si te hablara de algunas cosas que vi y escuché en esos tiempos no te sorprenderían demasiado y en todo caso te divertirían, vos que les contabas tantos cuentos a tus amigos como un preludio para aflojar los dedos antes de refugiarte en tu cuarto de hotel y escribir tus cuentos, justamente ésos que hubiera sido imposible contar sin destruir su razón más profunda. En esos mismos salones donde tocaste con tu terceto yo escuché, entre otras abominaciones, a un señor que primero contempló al público con aire cadavérico (probablemente tenía hambre) y luego exigió silencio absoluto y concentración estética pues se disponía a interpretar la... sinfonía inconclusa de Schubert. Yo me estaba frotando todavía los oídos cuando arrancó con un vulgar pot-pourri en el que se mezclaban el Ave María, la Serenata, y creo que un tema de Rosamunda; entonces me acordé de que en los cines andaban pasando una película sobre la vida del pobre Franz que se llamaba precisamente La sinfonía inconclusa, y que este desgraciado no hacía más que reproducir la música que había escuchado en ella. Inútil decirte que en el selecto público no hubo nadie a quien se le ocurriera pensar que una sinfonía no ha sido escrita para el piano.

   En fin, Felisberto, ¿vos te das cuenta, te das realmente cuenta de que estuvimos tan cerca, que a tan pocos días de diferencia yo hubiera estado ahí y te hubiera escuchado? Por lo menos escuchado, a vos y al “mandolión” y al tercer músico, aunque no supiera nada de vos como escritor porque eso habría de suceder mucho después, en el cuarenta y siete cuando Nadie encendía las lámparas. Y sin embargo creo que nos hubiéramos reconocido en ese club donde todo nos habría proyectado el uno hacia el otro, yo te habría invitado a mi piecita para darte caña y mostrarte libros y quizá, vaya a saber, alguno de esos cuentos que escribía por entonces y que nunca publiqué. En todo caso hubiéramos hablado de música y escuchado los discos que yo pasaba en una victrola más que rasposa pero de donde salían, cosa inaudita en Chivilcoy, cuartetos de Mozart, partitas de Bach y también, claro, Gardel y Jelly Roll Morton y Bing Crosby. Sé que nos hubiéramos hecho amigos, y andá a imaginar lo que habría salido de ese encuentro, cómo habría incidido en nuestro futuro después de conocernos en Chivilcoy; pero claro, justamente entonces yo tenía que irme a Buenos Aires y a vos se te ocurría elegir ese hueco para dar tu concierto.
   Fijate que las órbitas no solamente se rozaron ahí sino que siguieron muy cerca durante una punta de meses. Por tus cartas sé ahora que en junio del 40 estabas en Pehuajó, en julio llegaste a Bolívar de donde yo había emigrado el año anterior después de enseñar geografía en el colegio nacional, horresco referens. Andabas dando tumbos musicales por mi zona, Bragado, General Villegas, Las Flores, Tres Arroyos, pero no volviste a Chivilcoy, la batalla junto a la mesa de billar había sido demasiado para vos. Todo eso asoma ahora en tus cartas como de un extraño portulano perdido, y también que en Bolívar paraste en el hotel La Vizcaína, donde yo había vivido dos años antes de mi pase a Chivolcoy, y no puedo dejar de pensar que a lo mejor te dieron la misma pieza flaca y fría en el piso alto, allí donde yo había leído a Rimbaud y a Keats para no morirme demasiado de tristeza provinciana. Y el nuevo propietario que se llamaba Musella, te acompañó sin duda hasta tu pieza, frotándose las manos con un gesto entre monacal y servil que bien le conocí, y en el comedor te atendió el mozo Cesteros, un gallego maravilloso siempre dispuesto a escuchar los pedidos más complicados y traer después cualquier cosa con una naturalidad desarmante. 

Ah, Felisberto, qué cerca anduvimos en esos años, qué poco faltó para un zaguán de hotel, una esquina con palomas o un billar de club social nos vieran darnos la mano y emprender esa primera conversación de la que hubiera salido, te imaginás, una amistad para la vida.
   Porque fijate en esto que mucha gente no comprende o no quiere comprender ahora que se habla tanto de la escritura como única fuente válida de la crítica literaria y de la literatura misma. Es cierto que a mí no me hizo falta encontrarte en Chivilcoy para que años más tarde me deslumbraras en Buenos Aires con El acomodador y Menos Julia y tantos otros cuentos; es cierto que si hubieras sido un millonario guatemalteco o un coronel birmano tus relatos me hubieran parecido igualmente admirables. Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía) te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran gentes incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así, con el sordo y persistente pedal de la primera persona, de la rememoración obstinada de tantas lúgubres andanzas por pueblos y caminos, de tantos hoteles fríos y descascarados, de salas con públicos ausentes, de billares y clubes sociales y deudas permanentes. Ya sé que para admirarte basta leer tus textos, pero si además se los ha vivido paralelamente, si además se ha conocido la vida de provincia, la miseria del fin de mes, el olor de las pensiones, el nivel de los diálogos, la tristeza de las vueltas a la plaza al atardecer, entonces se te conoce y se te admira de otra manera, se te vive y convive y de golpe es tan natural que hayas estado en mi hotel, que el gallego Cesteros te haya traído las papas fritas, que los socios del club te hayan discutido unas pocas monedas entre dos golpes de billar. Ya casi no me asombra lo que tanto me asombró al leer tus cartas de ese tiempo, ya me parece elemental que anduviéramos tan cerca. No solamente en ese momento y esos lugares; cerca por dentro y por paralelismos de vida, de los cuales el momentáneo acercamiento físico no fue más que una sigilosa avanzada, una manera de que a tantos años de una mesa de billar, a tantos años de tu muerte, yo recibiera fuera del tiempo el signo final de la hermandad en esta helada medianoche de París.
   Porque además también viviste aquí, en el barrio latino, y como a mí te maravilló el metro y que las parejas jóvenes se besaran en la calle y que el pan fuera tan rico. 

Tus cartas me devuelven a mis primeros años de París, tan poco tiempo después que vos; también yo escribí cartas afligidas por la falta de dinero, también yo esperé la llegada de esos cajoncitos en los que la familia nos mandaba yerba y café y latas de carne y de leche condensada, también yo despaché mis cartas por barco porque el correo aéreo costaba demasiado. Otra vez las órbitas tangenciales, el roce sigiloso sin que nos diéramos cuenta; pero qué querés, a mí me tocaría encontrarte en tus libros y a vos no encontrarme en nada; en este territorio en que habitamos eso no tuvo ni tiene importancia, como no la tiene el que ahora yo no lleve esta carta al correo. De cosas así vos sabías mucho, bien que lo mostrás en Las manos equivocadas y en tantos otros momentos de tus relatos que al fin al cabo son cartas a un pasado o a un futuro en los que poco a poco van apareciendo los destinatarios que tanto te faltaron en la vida.
   Y hablando de faltas, si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio y a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga, y Lezama Lima entrando en la materia de la realidad con esas jabalinas de poesía que descosifican las cosas para hacerlas acceder a un terreno donde lo mental y lo sensual cesan de ser siniestros mediadores. Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Julia y de La casa inundada.

   Bueno, se me acaba el papel y ya sabemos que el franqueo es caro, por lo menos el que paga el lector con su atención. Acaso hubiera sido preferible callar cosas que siempre supiste mejor que los demás, pero confesá que la historia de la sinfonía inconclusa te hizo reír, y que seguro te gustó saber que habíamos estado tan cerca allá en las pampas criollas. Esta carta te la debía aunque no sea ni de lejos las que te escriben otros más capaces. A mí me pasó lo que vos mismo dijiste tan bien: “Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado”. Ahora llega el otro sueño, el de las dos de la mañana. Déjame que me despida con palabras que no son mías pero que me hubiera gustado tanto escribirte. Te las escribió Paulina también de madrugada, como un resumen de lo que había encontrado en vos: Las más sutiles relaciones de las cosas, la danza sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprehensible; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti.

Te querrá siempre
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Julio Cortázar

martes, 23 de abril de 2013

YO EL SUPREMO Augusto Roa Bastos



Dictador paraguayo Gaspar Rodríguz de Francia
FRAGMENTOS DE OBRAS SELECTAS DE LA LITERATURA (para ser leídos y apreciados hasta por los más neófitos)



(Escrito a la madrugada. Cuarto menguante) 

Disfrazado de campesino llegué esa noche a Santa María. Hice esperar a mis
hombres a una legua, escondidos en el monte. Cubierto por mi sombrero de paja a dos 
aguas, me metí en la fila de los enfermos que esperaban frente a la choza en la falda del 
cerrito. Me tocó estar entre un paralítico y un leproso, echados en el suelo; el uno con 
sus llagas y el aviso de su mal en un sombrero coronado de velas; el otro, sepultado 
media res en la inmovilidad total. Me eché yo también, haciéndome el dormido, la cara 
pegada a la tierra pelada con olor a mucho trajín de enfermedades. Los dejé pasar. 
Cuando abrí los ojos me vi. frente a un hombre rechoncho, lozano, fresco. Melena 
canosa, casi platinada. Pelo muy fino barriéndole el hombro. Idéntica a él, su voz me 
dijo: No se saque el sombrero. No se descubra. No me tocó. No me auscultó. No 
preguntó por mis males. En seguida, sin hablar, sin preguntar, supo más de mí de lo que 
yo mismo sabía y podía contarle. Tome esto. Me tendió un manojo de bulbos y raíces. 
Parecían mojados por una resina muy gomosa. Mande hervirlos y poner la infusión al 
sereno durante tres noches seguidas. Sacó una petaquita parecida a la que yo uso para el 
rapé. La abrió. Adentro fosforileó un polvillo con la verdosa luminosidad de 
los lampiros. Este esto en la infusión. Tendrá su tisana de Corvisat. Casi sin aliento guardé los bulbos y la cajetilla en mi matula de peregrino. Intenté sacar unas monedas. Puso su mano sobre mi mano. No, dijo, mis enfermos no pagan. ¿Me conoció? Vida no es entendida, No me reconoció visual. Puede que no. Puede que sí. Lo que respetó fue el secreto contado sin palabras, a la sombra del sombrero que celaba mi sombra. Salí tropezando de puro contento en la infinidad de bultos tumbados en el suelo. Gentío semejante en la oscuridad a quejumbroso muerterío. Avancé pisando manos, pies, cabezas que se levantaban que me insultaban con el tremendo rencor de los enfermos. Pero aún esos insultos me hicieron más feliz todavía. La salud no conoce el lenguaje de la cólera. Yo la llevaba en mi bolsa. 
Bebí la tisana por tres días. Durante tres años mi cuerpo desbebió todos sus males.

Editorial Ayacucho Pags. 230 / 231

sábado, 20 de abril de 2013

El trabajo del dibujante polaco Pawel Kuczynski puede llegar a dejarte sin palabras...




Si evidentemente nos quedamos sin palabras...
...y son  precisamente aquellas palabras que los hombres olvidamos de decir cuando era menester decirlas...



Excelente mensaje que nos permitimos incluír en nuestro blog.


sábado, 11 de agosto de 2012

Churchill y Gandhi


POR MARCELO BIRMAJER
Se me hace cuento CLARÍN 11/08/12

                       El pasado viernes, mi amigo Juancho estaba realmente atribulado sobre qué regalarle a sus pequeños hijos para mañana.
-Mis padres –recordó Juancho–, que en paz descansen, me regalaban siempre libros para el Día del Niño. Al menos, desde que tengo memoria o desde que aprendí a leer; a partir de los seis años.
-¿Eran progresistas? –pregunté.
-No en el sentido en que lo estás preguntando –respondió–. Mi padre era admirador de Churchill y de la educación formal. Me regalaba los libros de la colección Robin Hood. Pero desde el primero, me negué a abrirlos.
-No entiendo –confesé.
-¿Cómo me iban a regalar un libro para el Día del Niño? A todos mis amigos les regalaban juguetes. Prefería romper un juguete antes que abrir un libro. Me encantan los libros, pero … ¿para el Día del Niño? Eso hace que no te gusten.
-No coincido –dije–. Vale la pena el riesgo.
-Pero yo desarrollé el hábito de la resistencia pasiva. Si mi padre era Churchill, yo sería Gandhi. Mantuve los libros sin abrir. Los acumulé, cerrados, en mi biblioteca. A los siete años, a los ocho, a los nueve, a los diez… -¿Hasta qué edad te hicieron regalos para el Día del Niño? –lo interrumpí.
-Hasta los 13 años –informó Juancho–. Y pasaron treinta hasta que los abrí.
-Nunca es tarde –comenté.
-Sí, sí fue tarde. A los pocos días de que falleciera mi madre, ya mi padre había fallecido hacía unos diez años, tuve que pasar por su casa a hacerme cargo de todo. Mi antigua casa de infancia, en Almagro. El barrio había cambiado para bien, hacia los aires del nuevo Palermo Viejo. Pero mi cuarto permaneció intacto. Incluso con la biblioteca y todos los libros en su lugar. La colección de libros de lomo amarillo: Tom Sawyer, Cinco semanas en globo, Juvenilia. Entonces abrí el primer libro: “La cabaña del Tío Tom”.
-¿Qué tal? –pregunté.
-Maravilloso –opinó Juancho–. Pero había otra cosa: un billete.
-No entiendo.
-Dentro del libro, entre las páginas, había un billete. Dinero.
-¿Pesos argentinos?
Juancho asintió.
-¿Qué cantidad? –me interesé.
-Respetable. Más que respetable para un niño. Podría haberme comprado un buen juguete. Cada libro de la colección tenía un billete en su interior. Ahora que los descubría, esos billetes ya no valían nada. O al menos, no valían como billetes. Como cartas, eran inapreciables.
-En las traducciones del inglés –dije–, muchas veces a los mensajes escritos en un papel los llaman “billetes”.
-Propio de Mr. Churchill –corroboró Juancho–. Pero …¿cuál es la moraleja?
-Para mí, evidente: tenés que regalarles libros a tus hijos.
-Sin embargo, ahora que me he leído toda la colección, me pregunto: ¿el legado de mis padres no es toda la anécdota en sí, incluyendo mi resistencia a abrir a los libros durante mi infancia? No se puede repetir esa historia.
-Legado no es exactamente lo que nos quisieron dejar, es una mezcla azarosa entre lo pudieron dejarnos y los que nos dejaron por descuido. Por lo pronto, los billetes no conservaron su valor; pero la historia que me acabas de contar se mantiene intacta, como tu cuarto. Sabés cuánto valoro el dinero; para mí no es un fetiche, por el contrario: el dinero es una invitación a negociar en vez de matar. A quien sea que se le haya ocurrido, sabía que no trataba con ángeles. Siempre que imagino un mundo sin dinero, me lo figuro peor de lo que ya es. Todas las personas que conozco que desprecian el dinero, es porque ya lo tienen o tienen garantizada su subsistencia de algún otro modo. Pero, aún así, sin una buena historia, el dinero no vale nada.
-¿Estás dispuesto a hacerte cargo del reproche de mis hijos si les regalo un libro?
-Por supuesto –asumí–. Pero sólo después de que cumplan cuarenta años. Podés dejar anotado en algún lado que tienen derecho a venir a reclamarme luego de que cumplan cuarenta años.
-Pero no les voy a poner un billete entre las páginas.
-Todos los buenos libros traen billetes entre sus páginas. Tarde o temprano los encontrás
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EL BLOG OPINA
                              Un hermoso relato y a la vez una pena. Recuerdo perfectamente los libros de niñez y esa colección era la que más me gustaba. Mi padre nos compraba un solo juguete importante todos los 6 de enero, el día de Reyes. Era su costumbre. Pero para los libros no había ningún límite. Nos compraba los que queríamos cuando fuera. Por fortuna heredé de mi padre el amor por los libros que quizás hoy sea aún mayor que en mi juventud. Es necesario estimular a niños y jóvenes el valor de la lectura. Cuesta trabajo, muchos desprecian los libros y hasta los destruyen.  Leer es descubrir el mundo y todo lo que lo integra con una fidelidad inimaginable. Aquellos que no aprecian los libros no saben lo que se pierden…

sábado, 30 de junio de 2012

Faulkner: El hombre que inventó un mundo


gráfica: epdip.com

                             Fue uno de los mayores escritores estadounidenses del siglo XX, premio Nobel en 1949, y autor de una narrativa que supo influenciar a nombres como Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti y Juan José Saer. A 50 años de su muerte, que se cumplen el 6 de julio, Márgara Averbach, Sylvia Iparraguirre y Hernán Ronsino, reflexionan sobre Las marcas que dejó Faulkner en sus vidas y en sus libros.
POR MARGARA AVERBACH  Revista Ñ (2012)
EL HACEDOR. Al igual que en Balzac, toda la ficción de Faulkner transcurre Yoknapatawpha, un condado inventado con su capital, Jefferson. (Bettman)

                        Yo entré al mundo de Faulkner a los catorce años. Apenas di un paso en ese universo, sentí que jamás podría abandonarlo. Las historias de pueblo chico; la voz barroca, envolvente; los personajes inolvidables, los hechos que rigen todo y jamás se dicen, todo me atrapó de tal manera que seis meses después, me prohibí la lectura durante un año: me había dado cuenta de que esa escritura se había colado en la mía y la dominaba.
El Premio Nobel, nacido en el Sur estadounidense, es uno de esos escritores que llevan a quienes los siguen directamente hacia la emoción, que los arrastran a ella con un alud de palabras infinitas pero cuidadosas, muy pensadas. Si, como dice Umberto Eco, cada libro elige a sus lectores, los de Faulkner nos buscan a nosotros, los que queremos sentir mientras leemos.
Ese llamado está planificado: Faulkner tiene tácticas para arrebatarnos de nuestro mundo y llevarnos al suyo. Por ejemplo, muchos de sus narradores empiezan a contar la historia con indiferencia hasta que esa historia los va envolviendo y los involucra por completo, a ellos y a los que leen. Eso le pasa al pueblo de Jefferson, narrador del famoso cuento “Una rosa para Emily” y también a Quentin Compson en ¡Absalón, Absalón! Por eso, Quentin en uno de mis libros favoritos repitiendo una y otra vez que no, que no odia al Sur, que no lo odia. La emoción no es casual, no.
Tampoco el largo de las oraciones en Faulkner, esas frases que se vuelcan sobre sí mismas durante veinte renglones, a veces más. Para entender por qué este rasgo típicamente faulkneriano es uno de los ejemplos más cabales de la buena escritura, que siempre borra las fronteras entre “forma” y “contenido”, hay que pensar en el manejo del tiempo.
Faulkner nació en una de esas familias blancas del Sur de los Estados Unidos que poseyeron esclavos, las familias de las que surgieron los grandes líderes de la Independencia, como Washington y Jefferson. A mediados del siglo XIX, el poder lo tenía el Norte y el Sur perdió la Guerra Civil. Su forma de vida, totalmente dependiente de la esclavitud, se extinguió con la Abolición. Los sureños blancos sintieron que la cultura que habían perdido (más aristocrática, menos individualista y menos interesada en el dinero que la del Norte, tal cual la definían ellos) era mejor que la de los triunfadores. Por esa razón, la literatura sureña de principios del siglo XX (Faulkner entre otros) mira con nostalgia crítica la era anterior a la Guerra. Hace un análisis negativo de la esclavitud pero no termina de entender que, sin ella, su forma de vida hubiera sido imposible. Por eso, como bien dijo Sartre, el relato faulkneriano no conoce el futuro, camina mirando hacia atrás, hacia el pasado.
En Faulkner, la sintaxis está directamente relacionada con eso. Podría decirse que su sintaxis mira a su propio pasado. La oración faulkneriana se ve interrumpida constantemente por paréntesis muy largos, narraciones completas, subordinadas dentro de subordinadas, enumeraciones infinitas. Cada pocas palabras hay que releer el comienzo para no perderse. Así, el presente de la oración (que como todo lenguaje es una línea, como el tiempo en Occidente) es incomprensible sin su pasado.
Un ejemplo cualquiera de La aldea (The Hamlet) (difícil entender el “estilo Faulkner” sin un ejemplo): “A causa de eso había bebido un poco más de lo que acostumbraba, cosa que (hombre de humor naturalmente caprichoso aunque sano y robusto), unida a su terrible idea fija sobre lo femenino que las trágicas circunstancias de su desgracia habían creado en él y el hecho de que no sólo debería regresar y establecer una vez más contacto físico con el mundo femenino del que había abjurado hacía tres años, sino que el momento en que se requeriría hacerlo sería precisamente aquel (la hora entre el crepúsculo y la oscuridad) de toda la jerarquía del día que él menos podía soportar ... lo había dejado en un estado de ánimo impredecible y entonces fue cuando se dirigió al establo y encontró que la vaca estaba ausente”.
"Unico dueño y propietario"
La mayor parte de la ficción faulkneriana transcurre en Yoknapatawpha, un condado inventado con su capital, Jefferson, sus arroyos, sus pueblitos y sus latifundios. Faulkner copia de Balzac la idea de crear un territorio dentro de una zona real del mundo, en su caso, el estado de Mississippi. Desde El sonido y la furia (reeditado ahora por Alfaguara) hasta Los rateros , su última novela, sus cuentos y novelas van trazando la historia del condado y analizando así la del Sur todo, marcadas ambas por la esclavitud, el racismo y la derrota en la Guerra Civil.
Desde la llegada de los blancos a la zona hasta el siglo XX, se puede seguir esa historia de libro a libro. Es una historia completa desde un punto de vista blanco. Ahí están todas las clases sociales del Sur: la aristocracia terrateniente y dueña de esclavos; la diminuta clase media en los pueblitos; los esclavos negros; los indios y los blancos pobres, a los que los sureños llaman “ white trash ” (basura blanca, en traducción literal). Faulkner suele comparar esa sociedad (a la que critica y defiende al mismo tiempo) con la norteña, corrupta, individualista, obsesionada por el dinero. En el mapa de Yoknapatawpha, que aparece en algunas ediciones, figura el número de habitantes, divididos en tres razas (indios, negros y blancos) y una declaración famosa: “William Faulkner, único dueño y propietario”.
Si se lee más de un libro del autor, el regreso recurrente a ese mundo ficticio tiene un efecto muy parecido al de la ficción “histórica”: cuando aparecen en un relato figuras como Napoleón o San Martín, la acción parece continuarse fuera de las páginas porque los lectores conocen la vida de los personajes. Los habitantes de Yoknapatawpha viven más allá de cada libro. Los reconocemos de historia en historia. El humor suicida de Quentin Compson en E l sonido y la furia es el mismo que contaba el Sur en ¡Absalón, Absalón! ; el fiscal Gavin Stevens, la misma persona racional y correcta en Intruso en el polvo y Gambito de caballo . Por eso, los sentimos respirar más allá de las palabras. Por eso, la lectura de Faulkner produce, en palabras del crítico francés Claude Edmond Magny, una “fuerte sensación de realidad”.
Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Juan José Saer reformularon esta idea con sabor latinoamericano. Por eso, el Macondo de García Márquez existe fuera de las páginas de Cien años de soledad en muchos otros libros con todos sus José Arcadios y sus Aurelianos (hay que agregar que el juego basado en la repetición de los nombres también es faulkneriano: por ejemplo, hay dos Quentin Compson en Yoknapatawpha, un varón y una mujer).
La relación de Faulkner con sus lectores es interesante y muy compleja. Sus novelas pasaron desapercibidas hasta que llegaron a Francia y a otros países, como Japón. Esa repercusión en el exterior tuvo mucho que ver con la forma en que terminó por convertirse en un autor canónico dentro de la cultura blanca estadounidense, que por otra parte no es la única importante, mal que le pese a la parte conservadora de la Academia. Al contrario, los cuentos del sureño siempre tuvieron más popularidad y él vivió de ellos por un tiempo. En los cuentos, claro está, las oraciones son más cortas y la comprensión mucho más fácil pero la exigencia a los lectores sigue siendo mucha.
La naturaleza de esa exigencia no es la misma que se encuentra en sus contemporáneos T. S. Eliot y Ezra Pound, entre otros. Faulkner no hace citas constantes y por lo tanto, no pide lecturas previas a quienes se asoman a su mundo. Lo que se necesita es paciencia e ingenio para dilucidar lo que está pasando, tiempo para volver atrás frecuentemente, al pasado sintáctico y argumental de lo que se lee porque sin ese pasado, el presente es incomprensible. En ese sentido, la literatura de William Faulkner es mucho menos elitista que la de autores como Eliot y Pound.
Por otra parte, su relación con lo popular es profunda. Faulkner tomó géneros populares como el policial, el gótico y el melodrama y los utilizó como herramientas expresivas. De los dos primeros, le fascinó la importancia del pasado (en el gótico, los fantasmas y las casas en ruinas son marcas de secretos anteriores en el presente; en el policial clásico, el argumento reconstruye el pasado para conseguir justicia: para saber quién es el asesino hay que relatar lo que ya pasó); del melodrama, sacó las tácticas de la expresión emocional y el interés por la culpa, tan relacionada con la decadencia del Sur, decadencia que reconocían todos los escritores del llamado “Renacimiento Sureño”.
Cuando Faulkner estructura sus historias alrededor de esos géneros (y lo hace con mucha frecuencia), ofrece un marco externo de mucha utilidad para la lectura. La existencia de elementos del policial como un crimen, un detective, un culpable es una guía para los lectores en los cuentos de Gambito de caballo , por ejemplo. Tal vez por eso, sea aconsejable entrar al universo faulkneriano por la puerta de esa serie de policiales cortos en los que el esquema de género sirve al autor para hablar de su tema de siempre, el Sur en la modernidad.
Faulkner nunca fue un “intelectual” en el sentido académico y elitista del término: al contrario, vivió gran parte de su vida en su pueblo, Oxford, Mississippi, y desde ese pueblo (que fue una fuente infinita de historias para él), inauguró una serie de experimentos lingüísticos que marcaron el siglo XX. La variación del punto de vista fue uno de ellos. Después de Faulkner, se expandió a todo el mundo, incluyendo América latina y como todo en este autor, el uso de más de un punto de vista en una misma narración tiene una dimensión filosófica y ética, además de literaria.
La literatura contemporánea entiende que el poder de una historia es de quien la cuenta. Faulkner lo sabía. En Mientras agonizo , contó el mismo viaje terrible hacia Jefferson en media docena de voces y demostró a sus lectores que cada narrador ve lo mismo de distinta forma y que todas esas visiones son válidas. En ¡Absalón, Absalón! , cuatro personajes buscan el motivo del mismo asesinato. Cada uno de ellos llega a una conclusión diferente y cada explicación se suma a la anterior sin borrarla del todo, en el alud de sensaciones, palabras y conceptos que caracteriza su obra. La conclusión final de Quentin, “No odio al Sur”, resume la posición de todos los narradores y la de Faulkner con respecto a la región que los vio nacer. No la odian, no saben cómo amarla. La defienden y la critican al mismo tiempo.
Tiene sentido que yo no supiera cómo salir de ese mundo: una vez que se entra en Yoknapatawpha es muy difícil encontrar la salida. Y por otra parte, ¿para qué buscarla si en el fondo uno no quiere irse, si todavía queda demasiado por explorar?

EL BLOG OPINA
                                 Un escritor imposible de olvidar. Hablar de literatura de todos los tiempos y no mencionar a Fauklner sería imperdonable. Supo como ninguno narrar literalmente con un personal e inigualable enfoque.  Un clásico…

lunes, 14 de mayo de 2012

Fermín Estrella Gutiérrez


                    Fermín Estrella Gutierrez, junto a Alfonsina Storni (1922)   es.wikipedia.org

                                           Fermín Estrella Gutierrez (Almería, 1900 - Buenos Aires, 1990) Poeta, narrador y ensayista argentino. Se dio a conocer a con el poemario titulado El cántaro de plata (1924), obra de estética romántica (en un momento de novedades vanguardistas) caracterizada por su hondo lirismo y su tenue melancolía. Al año siguiente publicó un nuevo volumen de versos, Canciones de la tarde(1925), al que siguió, en el curso de aquel mismo año, su tercer poemario, titulado La ofrenda (1925). Posteriormente, incrementó su obra lírica con nuevos títulos como Los caminos del mundo (1929), La niña de la rosa (1931), Destierro (1935) y La llama (1941), hasta que, ya consagrado como uno de los poetas argentinos más célebres, fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía por su obra tituladaSonetos a la soledad del hombre (1949).
Tras un largo paréntesis, ofreció una selección de sus mejores composiciones bajo el título de Antología poética (1963), para volver, al cabo de cuatro años, con una nueva entrega lírica titulada Sonetos del cielo y de la tierra (1967). Fue miembro de número de la Academia Argentina de Letras, de la de Ciencias y de la Academia de Rubén Darío. En su faceta de prosista, dio a la imprenta los relatos breves deMemorias de un estanciero y otros cuentos (1949). De sus textos ensayísticos destacan Panorama sintético de la literatura argentina (1938), San Martín: Páginas escogidas sobre el Héroe (1950), Arturo Capdevila(1962) y Recuerdos de la vida literaria (1966),

Tomado de: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/e/estrella.htm


Desde La Niebla – Fermín Estrella Gutiérrez


SONETO A LA ALEGRIA DE VIVIR

No se razona, no se piensa en nada,
Su surtidor tan sólo, la Alegría,
Abrir los ojos, saludar al día,
El alma ebria de cielo, enajenada.
Sentir la tierra vegetal, mojada,
Los pájaros, el mar, la lluvia fría,
Sentir que toda la belleza es mía
Que es mío el mundo y mía esta jornada.
Sentir la vida como un don del cielo
Sin dolores, sin ansias, pura y fuerte,
Vivir, sólo vivir, qué hermoso anhelo.
Confiar en el destino y en la suerte
Y libre de quebrantos y recelo
No temerle a la vida ni a la muerte.

SONETO DEL CAMPO

Este es el campo que adoré en mi vida,
Los árboles, el cielo, la distancia,
Los pastos, el ganado, la fragancia,
La soledad, la tarde adormecida.
Próxima ya la hora de partida
Vuelvo a vivir el campo de mi infancia,
Las faenas viriles de la estancia,
El tiempo que se fue, la fe perdida.
Todo pasa y se va, todo se esfuma
Infancia, juventud, la vida entera,
Todo vuelve a vivir, ola y espuma.
Las nubes pasan en veloz carrera,
El dolor de vivir ya no me abruma,
Sólo el campo es mi patria verdadera.

SONETO PARA UN FUTURO LECTOR

Tú, lector o lectora, que has posado
Tus ojos en la página amarilla;
Del tiempo me aventuro hacia la orilla,
Fiel a mi canto, dócil al llamado.
Tú que ríes aún, tú que has andado
Tras la ilusión que se te escapa y brilla,
Tú que hueles la noche y la gramilla,
Tú que puedes besar el rostro amado.
Piensa lo que ahora soy, ceniza y nada,
Sólo una leve sombra proyectada
Sobre tu alma que me busca ansiosa.
Yo fui joven, feliz, amé la vida.
Hoy te tiende mi mano conmovida
Sobre el viejo papel la tierna rosa.
SONETO DEL AMANECER

Ya sale el sol, rojiza, incierta lumbre,
Ya la noche se aleja, paso a paso,
Ya el cielo se abre, lámpara de raso,
Para que a todos con amor alumbre.
Baja la claridad desde la cumbre,
Todo empieza a vivir, éste es el caso,
¿Es esta luz, del alba o del ocaso?
¿Vuelve el día con gozo o pesadumbre?
Un día más, un esperar incierto,
No te detengas, toma tu camino,
Mira cuántas banderas en el puerto.
¿Qué te traerá este día, peregrino?
No mires hacia atrás, todo está muerto,
Y nace con el día, ése es tu sino.

Selección: Diego Ruggeri “Árbol”
librosdelarbol@yahoo.com.ar



PROFESOR FERMIN ESTRELLA GUTIERREZ

  (Relatos por Juan Yáñez)

                                              
                                                         Fue mi profesor de castellano  en la Escuela Normal  de Profesores Mariano Acosta,  en primer año.
 En esa misma institución, él se había graduado de profesor, con mérito suficiente para que se le otorgara la Medalla de Oro, reconocimiento que en su época, se les otorgaba al  primero de su promoción.
 Agrego como dato anecdótico, que Julio Cortazar, el escritor,  se graduó también en la misma escuela,  aunque mas tarde y  es probable que hayan coincidido en el mismo tiempo y espacio. Estrella Gutiérrez, como profesor y Cortazar como alumno.
     Nos desarrolló,  el  profesor, el interés por la literatura, en particular por la hispana; la que  amaba  apasionadamente.
 Aún recuerdo su figura, un rostro lleno de bondad,  unos lentes sin montura, el traje gris, el hablar pausado y su discurso. Llegaba al salón,  nos saludaba y de inmediato se hacía un silencio en que solo cabía el respeto y la consideración.  Arrimaba una silla, que colocaba muy próxima a los primeros pupitres, se sentaba y luego de repasar los lentes con el pañuelo,   comenzaba a leernos y comentar lo leído.
  Viene a mi mente cuando nos leyó El Cantar del Mío Cid. Nos transmitía el  entusiasmo que despertaba en él ese bastión épico hispano.
En sus clases no se oía el “zumbar de una mosca”, todos los alumnos, hasta aquellos  que se sentaban atrás,  a los que nada les  interesaba, y estaban siempre pendientes de la guasa y el desorden,  lo escuchaban absortos.
 Si nos enseñó gramática, ya la olvidamos, la  que no podemos olvidar fue su  interesante  personalidad.   Tenía la sencillez de los grandes y una presencia  calificada y auténtica. Nunca necesitó de la disciplina, a pesar de que éramos muy revoltosos
 Cuando viví en Hamburgo, Alemania, ávido de leer en castellano, visité una librería, que tenía libros en español. Con sorpresa y agrado, allí hallé y compré un libro del recordado profesor. Corría el año 1973.